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SI EL MINISTERIO ESTRELLA ES EL DE SEGURIDAD, ALGO FUNCIONA MUY MAL

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SALTA.- Por Luis Caro Figueroa

En el mundo hay muchos sheriffs que esperan con paciencia su turno. No todos consiguen llegar al gobierno, pero algunos -está visto- lo consiguen con poco esfuerzo.

Durante un siglo, más o menos, los habitantes de esa tierra prometida que es Salta se afanaron (este es un verbo que tiene que entenderse en su sentido original) por vender las bondades de sus soleados viñedos de altura, de sus inimitables empanadas, de algunos (pocos) edificios bonitos y la belleza sin igual de sus penumbrosos bosques, desparramados cual tapiz de infinito verdor sobre unas montañas misteriosas e impenetrables.

Este mismo impulso promocional llevó a que desde el gobierno se exaltara el carácter amigable del lugareño, su piadosa virtud, puesta de manifiesto en la exteriorización multitudinaria de su fe; su conexión ancestral y milenaria con el terruño y un montón de cualidades psicosociológicas que, para bien o para mal, se convirtieron en reclamos turísticos.

Así, bajo estas condiciones idílicas, el ministerio estrella del gobierno provincial debería ser el de Turismo, puesto que con la pobreza tan solemne que vivimos y las injusticias que cabalgan sobre nuestras cabezas, es impensable que la estrella recaiga sobre los devaluados ministerios de Finanzas o de Infraestructuras, que funcionan solo porque el Señor del Milagro es verdaderamente misericordioso.

Pero Salta ya no atrae sino que repele. Salta se ha convertido en un lugar, no ya peligroso, sino peligrosísimo para desarrollar cualquier proyecto de vida.

Porque la vida se ha vuelto tan complicada y sin valor, que para poner las cosas más o menos en orden, el Gobernador ha tenido que recurrir a los servicios de un sheriff justiciero, al que, de la misma forma en la que en el Lejano Oeste el dueño del saloon le colgaba la estrella al pistolero más habilidoso del lugar, le ha encargado el comando del nuevo Ministerio de Seguridad y Justicia.

La prosapia de los soleados viñedos salteños ha sido sustituida por el hedor de los cadáveres en las cunetas, las empanadas por los cuchillos Tramontina utilizados como arma mortal, los edificios bonitos por las cárceles saturadas hasta reventar, y en los penumbrosos bosques ya no se avistan aves exóticas sino que se localizan restos óseos (de seres humanos, pero especialmente de seras humanas) en extraordinaria abundancia.

¿Qué le ha pasado a los salteños?

Mientras se estudian las causas profundas de esta mutación tectónica, el gobierno parece apurado por poner las cosas en su lugar. Y la solución no pasa por reducir las causas de malestar social, como la pobreza o la falta de educación, sino por aumentar la presencia de la Policía, sea sumando personal o reciclando intelectualmente al personal ya existente. La solución será siempre la misma: más Policía.

El sheriff llega a su nuevo cargo, luego de abandonar inesperadamente sus tres anteriores.

Sus tres inacabados desempeños nos descubren a la perfección su predilección por una combinación simbólica que en los Estados Unidos se llama The gun and the Bible. En Salta podría llamarse tradición, religión y represión.

Hubo una época en que en la brutal ciudad de Buenos Aires solo se veían taxis surcando la avenida Corrientes. Desde Callao hasta el bajo, parecía extenderse una cinta de amarillo y negro sin costuras, solo matizada por los semáforos de las esquinas e interrupida, si acaso, por la erecta impavidez del Obelisco. En Salta vamos camino de ver una marea azul invadiendo las calles; en las plazas, en los parques, en los comercios y en la puerta de las iglesias. El sheriff lo pintará todo de azul, para envidia de Domenico Modugno y su Volare.

La superimportancia del Ministro de Seguridad habla del significativo retroceso de la libertad en Salta.

Y no porque el sheriff haya suscrito alguna vez un voto particular ultraconservador en una alta sentencia sobre la educación religiosa, no porque se haya mostrado inequívocamente partidario de la prisión preventiva como castigo penal anticipado, y tampoco porque recientemente haya inundado las mesas de entradas judiciales (y del INADI) con querellas y denuncias contra quien le hubiere criticado.

La libertad retrocede cuando para combatir el crimen se recurre a un enemigo del crimen que, al mismo tiempo, recela de la libertad y cree que su ejercicio es la causa de todo desvío de conducta. La última dictadura nos enseñó que la militarización del espacio público es una cuestión más de civiles que de militares. De hecho, llega un civil para hacer lo que un militar no ha conseguido hacer.

Si desde una simple resolución del Ministerio Público Fiscal el sheriff exhortó en su día a todos los demás poderes públicos a adoptar sus propias «políticas de Estado» en materia de coronavirus, ¿qué nuevas y compulsivas exhortaciones nos hará desde el cargo que aún no ha estrenado y no sabemos si va a terminar?

Quiera Dios que el sheriff ataje la sangría, detenga el incesante goteo de vidas humanas segadas, y devuelva a los salteños y salteñas su tranquilidad histórica; esa mansedumbre que nos ha hecho famosos hasta los límites mismos de la opería solemne.

El asunto está en saber qué precio hay que pagar para ello. Porque si ese precio es demasiado alto, para nuestras libertades y para nuestros derechos, para nuestro bienestar y prosperidad personal, para nuestra dignidad y nuestro propio sentido del valor de la vida, habrá que pensarse bien si no será mejor colocarle la estrella al más pacífico y menos polémico Ministro de Turismo, para que sea él, mediante el desarrollo y la expansión del bienestar, a través de la educación y la universalización de la cultura de la legalidad, quien haga retroceder el delito y la marginalidad que ahora se quiere combatir con palos y cachiporras.

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